Rizar el tiempo: aprender el primer método de ZNQG

3.16.2017 | Rocío Martínez (QiO)

En el más reciente curso en el que Abraham Vega impartió el primer método o primer nivel de ZhìNéng QìGōng, casi al terminar, expuso un concepto que me hizo comprender algo nuevo: hay que planear la vida en términos de fuerza, no de tiempo. Aprender esta ciencia ancestral pero que llegó a nosotros gracias al Maestro Pang Ming es salirse de la enajenación en la que estamos completamente sumergidos actualmente. Pensemos en México, en la Ciudad de México, en el 2017: hay presiones de todo tipo, los costos económicos de la vida, la injusticia social expresada en muchísimas maneras, las relaciones interpersonales mermadas por la sobre exposición a los medios y la vulnerabilidad generada por la pobre comunicación, las edades del ser humano transfiguradas en oportunidades mercantiles que en nada atienden a la belleza, la desdibujada idea de la justicia social… La lista es infinita: estamos como en una alberca de dificultades que parecen no terminar.

Y frente a eso, el ZhìNéng QìGōng como una herramienta precisa, una aguja, un bisturí, o tal vez como un crisantemo pero que nuestros ojos no saben ver, hasta que en algún momento sucede… Quiero decir, al escuchar las preguntas de los nuevos practicantes que recibieron la instrucción el pasado 4 y 5 de marzo en la CDMX sentí claramente cómo es que la lógica en la que vivimos es funcionalista, ya que las preguntas rondaban en la lógica de: ¿cuánto es lo mínimo que debo practicar para que funcione?, ¿si hago ZhìNéng QìGōng tengo prohibida la yoga?, ¿si el ZhìNéng QìGōng recomienda tener menos sexo pero yo no puedo evitarlo, nada de mi práctica va a funcionar?, ¿reunir demasiado Qi me puede hacer daño?, ¿qué hago con el Qi?…

 

Cada pregunta de estas -cada pregunta, sea cual sea- es tremendamente válida, contiene, si lo sabemos ver, toda una forma de comprender la vida, preocupaciones genuinas, cierta angustia y, por supuesto, toda la intención de comprender algo que es en definitiva nuevo, distinto a las herramientas de vida con las que contamos. Me he preguntado qué nos motiva a asistir a un curso como éste, a dedicarle dos días enteros. Comprender algo que nació en una cultura ancestral, del otro lado del mundo, que implica traducciones dobles (del chino al inglés y luego al español) es un esfuerzo de verdad singular y no tengo idea qué tenemos en común quienes nos acercamos al curso, es intangible esta respuesta que sólo siento ternura, porque alguien que se sitúa frente a algo completamente desconocido, con sus sentidos abiertos, es muy vulnerable, su mundo va a cambiar y de algún modo lo sabe.

El curso implica dos días de recibir mucha información. Yo recuerdo que cuando tomé por primera vez ese curso (lo tomé a la par de mi amiga Olivia), la tarde y noche del sábado antes de tomar el segundo día de instrucción, sentíamos que algo pasaba en nuestra vida y que si me distraía iba a perder la visión de algo precioso. Hoy puedo decir que se me escaparon muchísimos datos, que mi mente no comprendió lo que me decía mi primer maestro, pero que algo sembró y que estaba en mí, en mi responsabilidad, hacer que funcionara de cierto modo, con trabajo.

Entonces regreso a la enajenación: el ZhìNéng QìGōng es un conjunto de acciones tan completo que tiene el poder de levantarnos y sacarnos de esa alberca que es la enajenación ‘moderna’, nos disuelve ideas respecto a la enfermedad, a la alegría, a la soledad, a la dimensión de nuestros actos. El ZhìNéng QìGōng resignifica toda la vida, y algunas personas -lo miré en sus ojos- lo comprenden desde el primer día que reciben la instrucción; otros se ven muy conflictuados porque nada de lo que está diciéndoles Abraham se puede tocar con las manos, porque no saben a qué hora practicarán ni si los que los mirarán (si es que se animan a practicar) se van a burlar, van a decirles que es una farsa. Las reacciones en el primer día de aprendizaje también son de alegría porque parece que uno se involucra en algo que vale la pena, es misterioso pero sucede en el propio cuerpo y, además, no requiere de música, ambiente, velas, incienso, ropa, ni comida específica. Sólo requiere trabajar con la mente.

Pero inclusive esto último es incomprensible al inicio: ¿trabajar con la mente para cambiar mi cuerpo, mis acciones y lo que ‘pueda pasar’ en mi vida? Con los años de práctica uno comprende que estas afirmaciones no tienen nada que ver con la magia porque está arraigado en el trabajo y en la fuerza con la que uno se enfrente a la realidad tangible y a la intangible: se vuelve uno consciente de la fuerza de los propios pensamientos, a la fuerza del cuerpo, su enorme resistencia y vulnerabilidad, a la fuerza de las palabras y los sonidos, y a la fuerza con la que uno comprende la dimensión de la propia existencia. Cada vez, con más alegría y más emoción, uno siente al universo, siente que reúne Hun Yuan Qi entre los brazos y lo vierte por Bai Hui.

Nos dice Abraham que uno de los objetivos iniciales en la práctica es ‘abrir’ Ming Meng. Al inicio uno no comprende más que lo básico: lo que vincula a las vértebras pierde elasticidad y si uno la recupera seguramente eso nos hace bien. Pero recordemos algo: el cuerpo humano inicia ahí: en Ming Meng empieza a vibrar la vida. La explosión generada por la unión vital de un espermatozoide y un óvulo se dirige a generar las células de nuestra columna antes que cualquier otro órgano, ahí ya se expresan las posibilidades y problemas genéticos y de ahí todo deriva; pensemos en nuestras cotidianas posiciones al dormir y al amar: desde bebés hasta el término de la vida nos acurrucamos en el regazo de quien nos resguarda redondeando nuestra columna, y así nos entregamos también al sueño. Abrir Ming Meng es señal de vitalidad, porque lo contrario es ser inflexible, intolerante, insensible. La lógica del ZhìNéng QìGōng no le es extraña al cuerpo, no lo fuerza a realizar imposibles, sino a existir con mayor soltura y conciencia en la vida.

Así transcurren esos dos días de enseñanza del primer nivel, entre asombros y esfuerzos por apropiarnos de algo tan distinto a lo común. Peng Qi Guang Di Fa es la estrella de esos dos días. Abraham invita a practicarlo aún sin saber para qué sirve, y menos aún sin saber que el trabajo del cuerpo será sólo un esfuerzo por alcanzar el trabajo que la mente puede realizar. Algunos preguntan, durante el curso si es que quieren tener más Qi. Al escuchar la pregunta me quedo asombrada de lo que contiene: sabemos que no queremos Qi que forme tumores o malformaciones, que no queremos Qi que motive palabras hirientes o miradas agresivas, no queremos Qi llamativo que nos distraiga de los objetivos centrales de nuestra vida… ¿Pero cómo diferenciarlo del otro Qi? Queremos más y más Qi que sea palabra exacta, que sea moralmente alto, que sea belleza y salud, que se vea como coincidencia, como buenas elecciones, como aceptación de lo que viene, como transformación magnífica. Pero: ¿cómo poder diferenciarlo…?

En el curso nos dicen algo que será trascendente en nuestras vidas: es indispensable la práctica profunda, detallada, la práctica con excelencia -con Gong- de Zu Chang Fa, la Organización del Campo. En el centro de éste método, que debe realizarse al iniciar la práctica y que en sí mismo es una práctica completa, que puede realizarse cuantas veces consideremos necesario en el día, en su centro está el relajar todo el cuerpo: Xing Song. Es cierto que esa frase sólo es la mitad de una de las ocho frases que conforman a Zu Chan Fa, sin embargo ya en la práctica le dedicamos mucha atención, porque nos cuesta mucho trabajo, repito: relajarnos nos cuesta mucho trabajo. Esa es una de las puertas por las que el nuevo practicante entrará en la sutil y poderosa lógica del ZhìNéng QìGōng. Zu Chang Fa es una herramienta para poder diferenciar que Qi queremos, más bien, prepara a nuestro ser a recibir Hun Yuan Qi y a nuestro Dan Tian a utilizarlo del mejor modo.

Quiero terminar esta reflexión como termina la práctica durante los dos días del curso del primer nivel: uno sabe que quiere más Qi, aunque no comprenda por qué; uno puede tener muchos problemas de salud, de emociones, de circunstancia y uno no imagina qué puede hacer con el ZhìNéng QìGōng para afrontarlo, uno no SABE, pero SIENTE; si uno sabe que algunas ideas que Abraham nos da en el curso son coherentes con otras ideas que hemos encontrado en la vida es posible que sigamos pensando en todo esto los siguientes días; si uno siente que algo empezó a cambiar en el cuerpo y en la realidad de uno también es probable que siga practicando. Es decir, uno sale del curso con asombro, con la posibilidad de ser practicante, de sentir más, de asombrarse más. Y créanme, por lo que he visto, escuchado y sentido yo misma, puedo decirles que eso puede tomar años: el asombro y la belleza del ZhìNéng QìGōng es vastísima.

El Qi es un concepto, es la forma en la que lo no material se expresa, es la materia, es el pensamiento, es la posibilidad, es la historia, la memoria, el Qi es todo y con el Hun Yuan Qi que traemos gracias al Peng Qi Guang Di Fa transformamos nuestra realidad. Sin embargo, a pesar de que el Qi y el Hun Yuan Qi son conceptos, uno sólo los comprende mediante el trabajo, mediante hacer y no sólo pensar. Deseo que los nuevos practicantes, éstos que nacieron en marzo del 2017 se sientan inclinados a practicar, a preguntar, a ejercer con fuerza el poder que tienen de llevar su vida hacia donde quieran, hacia la mejor realidad que puedan imaginar. Rizar el tiempo: al practicar ZhìNéng QìGōng el tiempo significa otra cosa, no esta linealidad a la que estamos acostumbrados, le cabe más acción, otro sentido, otra fuerza, una búsqueda distinta.

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