La cárcel mexicana y el ZhìNéng QìGōng, primer pensamiento.

2.14.2017 | Rocío Martínez Díaz (QiO)

 La cárcel pudiera ser un lugar sagrado. En ella los espejos se multiplican: el tema que nos lleva a ella es el mal en todas sus variantes. ¿Hicimos mal, nos hicieron mal, se nos cruzó el mal en nuestro camino, el mal se burla de nosotros? Debería haber un esfuerzo colectivo por reivindicar a lo humano en las cárceles de la actual Ciudad de México. En pleno siglo XXI, estar en la cárcel es sinónimo de sobrevivir, sobrellevar. En ella todos somos espejos de todos porque toda acción y reacción muestra quiénes somos, hasta dónde sentimos y qué queremos aprender. Podríamos entender que el aislamiento es sagrado, que la mente vive un esfuerzo y el cuerpo padece; que la vida se resignifica.

Gran parte de la sociedad confía en esta apuesta: la cárcel es indispensable para aislar al mal personificado: hipócrita tranquilidad. Todos los ciudadanos, todos, somos partícipes de la realidad carcelaria, la conozcamos o no, por el simple hecho de ser seres políticos que soportamos todos los regímenes que el Estado sustenta. Yo, hace pocos años, comprendí que esto es ridículo y absurdo: detestable. Quien no sólo no quiere asomarse a la realidad carcelaria en México sino que cree conocerla o que se atreve a decir que entre más nefasta sea, mejor, está destinado, lo sé, a tener un espíritu incompleto. A ser opaco. A tener una mente con la conciencia dormida.

Desde inicios del 2016 Abraham Vega y yo empezamos a armar un proyecto que proponía la enseñanza del ZhìNéng QìGōng en el Reclusorio Preventivo Varonil Oriente de la CDMX. El vínculo lo ofrecí yo puesto que la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, de la cual soy docente desde hace más de 12 años, crea al PESCER, Programa de Educación Superior en Centros de Reinserción Social en el año 2005,  en un convenio con la Subsecretaría del Sistema Penitenciario, gracias al cual vamos a impartir presencialmente carreras de Humanidades y Ciencias Sociales en todos los reclusorios de la Ciudad. Con esa experiencia, proponer al ZhìNéng QìGōng fue un paso lógico y necesario. Abraham difundió la oportunidad entre otros instructores y practicantes. Así, él junto con Lourdes de los Reyes, tomaron la responsabilidad de impartir la teoría, y Rosy, Alfonso, Fátima, Mercedes, Marta, Flavia, Pilar, Federico, Jaime, Teresa, Renata y yo entramos también para practicar y fortalecer el campo. Para el mes de agosto ya pudimos ingresar a dar una plática introductoria y a recibir a los interesados en un salón del Centro Escolar de dicho reclusorio.

Digo que la cárcel pudiera, debería ser un lugar sagrado, y lo digo con todo el amor del que soy capaz. Con todo el asombro de cómo se ha convertido en eso que Foucault bautizó como panóptico: un lugar en el que todos nos vigilamos a todos. Con todo el dolor de ver que el burocratismo y el miedo que paraliza (el amor por el poder y por el dolor ajeno) pueden vencer a la intensión que pudiera prevalecer en el acto de encarcelar a quien sea: fortalecer su espíritu. El castigo al cuerpo es fuerte, aunque durmieran en camas y la comida se repartiera decentemente, aunque la limpieza fuera regla, aún así el castigo es implacable. Aunque hay un espacio burocrático que sistematiza en qué dormitorio debe de estar cada preso, lo cierto es que la regla imperante es la del dinero. Pagar por el espacio, pagar por el tránsito, pagar por la comida, pagar por la limpieza, pagar por la comunicación, pagar por la intimidad. Sonreír es un lujo. Pagar con dinero, ojalá fuera pagar con pensamientos, con destrezas, pero el reclusorio actual es un espejo de la sociedad de ‘afuera’. Pagar con el cuerpo y pagar simbólicamente: todo el tiempo.

En este sentido el ZhìNéng QìGōng se ha impartido a un número acotado de presos: aquellos con muy diversas razones, curiosidades; con esfuerzos realmente variados y con mentalidades tan disímiles que no puedo vincularlos con algún adjetivo. Ha sido una enseñanza realmente singular. Me atrevo, porque no creo equivocarme, a decir que ha sido única en el mundo. En vez de que la teoría se haya impartido en dos días, sucedió en cuatro meses: es muy distinto el ritmo de comprensión, de apropiación. Vamos los días martes y jueves. Y la teoría la han escuchado desde la experiencia de Abraham y Lourdes, pero también de Fátima y de todos nosotros quienes desde la práctica creemos en que cada uno de ellos -y de nosotros- gracias al ZhìNéng QìGōng podemos aprender, crecer, fortalecer el cuerpo y la mente, sentir el Hun Yuan Qi original acariciando nuestra vida, formándola.

Algo indispensable hay que decir: la instrucción también ha sido singular porque no ha habido en medio un interrogatorio: ¿cuántos años y por qué motivo, qué sentencia tienes, en qué dormitorio duermes, tienes visita…? No los interrogamos como los interrogan varios departamentos carcelarios todo el tiempo. No los interrogamos porque el ZhìNéng QìGōng es una ciencia que no cuestiona: resuelve. En este sentido, ha sido una instrucción igualitaria: cuerpos trabajando cuerpos, espíritus trabajando espíritus, mente trabajando cada mente. Y sin embargo nos diferenciamos: nosotros con gafete y vestidos de colores: ellos de beige.

Creo que todos los que hemos podido asistir a esta experiencia tenemos alguna fotografía o sonido en la mente. Lo hemos documentado con nuestro cuerpo. Abraham tiene grabada en su corazón, por ejemplo, una práctica de San Xin Bing Zhan Zhuang, ya de noche, iluminados  por el único y gastado foco del salón que hacía parecer a los compañeros estatuas de un ejercito de guerreros inamovibles con sus trajes marrón; Marta sabe que el sonido que pueden hacer cuando trabajan con el método de abrir las caderas sentados en el piso es digno de un templo budista; yo prefiero esos Peng Qi Guan Ding Fa que hemos hecho en el patio, donde el movimiento me hacía sentir -siento aún- que es verdad que cualquier lugar es el centro del universo si reúne la intensión necesaria.

Al día de hoy tenemos un grupo pequeño que ha sido constante: algunos han salido libres, otros no concilian con el esfuerzo que el ZNQG exige, otros han sido castigados, algunos más han preferido tomar otros cursos. Tenemos el recuerdo de un día de diciembre en el que hicimos una sesión de práctica larga: más de cinco horas de práctica. Tenemos las anécdotas en las que ellos nos han dicho  qué ha cambiado en su cuerpo y emociones luego de conocer el ZNQG. Tenemos la intensión de seguir asistiendo a practicar hasta junio del 2017. Y claro, tenemos la experiencia de cómo los custodios y el personal penitenciario han tenido que soportar, aceptar aún sin comprender, nuestra presencia y actuar.

En otros textos hablaremos de los logros de los practicantes, de sus reflexiones y de las nuestras. De los limitantes y fortalezas de este ejercicio. Algunos dicen que esto que hacemos es un trabajo social, otros que es una enseñanza invaluable. Yo quiero decir aquí que es, para mí, un esfuerzo de vincular dignamente a la sociedad externa con la interna; no resaltar las culpas o los juicios, sino la responsabilidad y los vínculos, resaltar el conocimiento que podemos lograr unos de otros. El ZNQG siempre me ha parecido particularmente hermoso porque no evalúa las creencias (religiosas, morales o éticas) de sus practicantes, no exige un discurso verbal cercano a la confesión, y en este caso tampoco evalúa el actuar legal de las personas. Es una ciencia vinculadora, conciliadora, que dignifica la vida.

La cárcel debería ser un sitio sagrado porque hay sacrificio, porque la sociedad ha preferido el sacrificio del aislamiento en vez del trabajo colectivo de la restauración de la paz. Aislar es más cómodo (y falsamente más eficaz) que confrontar y conocer.

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